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Metal Progresivo

Ensayo sobre la creación musical

 

En una primera etapa de la mentalidad artística, la creación musical es algo puntual que exige más de la intención que de la interpretación, más interacción que intuición. El compositor se recrea, verifica que está disfrutando de ese momento de lucidez, y, si no existe, lo simula. Porque autolucidarse no es malo (al menos, para los que no somos unos genios, sino currantes, no lo es), sólo crea un contexto físico-mental que ayudará a la fluidez futura. El artista nace cuando es capaz de asumirse a sí mismo dentro de un ente abierto, sin localizarse en él, pero sintiéndose integrado. O dicho de otra manera, las cadenas las ponen los géneros y las pautas. La falacia de la especialización musical. Como si ambas palabras pudiesen ir juntas…

 

Sin embargo, de la idiosincrasia a la parafernalia sólo hay un pequeño trecho.

 

Me pregunto si hay alguien que sea capaz de disfrutar sin ápice de variación, una discografía, cualquiera. Los 12 álbumes de estudio de Helloween, los 15 de Iron Maiden, los 17 de Running Wild, 18 de Judas Priest, 19 de Rage, 20 de Black Sabbath, 21 de Uriah Heep (mis respetos)… ¿Dónde acaban los límites de la “evolución”, de un estilo? Es la tragedia de la cultura epigonal (el “venir de”, la evolución lineal), el progreso amputado por la conducta unidireccional de un estilo artístico. Imitar por imitar.

 

Gigatron se reía de los heavys y sus estereotipos, haciendo de la música, el mismo medio de divulgación de esos tópicos. Y así, Mar de Cuernos es uno de los mejores discos de heavy metal en este país. Es mejor ser un payaso dentro un circo que fuera de él.

 

Pero a lo que iba: la creación musical de verdad: La expresión inicial se agota rápido; de vanguardia como tal ni hablemos, y el carácter melopéyico no es un estado puro y permanente de genialidad. Es más un destello que una catarata. Un hilo que se destensa con el tiempo, a causa de eso que tanto daño hace a la originalidad, y que denominamos “estilo”. El estilo propio es el recurso fácil, el colchón mental, el acomodamiento del artista. Del artista y de su audiencia por supuesto, ya que pocos oídos se recrean en el desasosiego de no tener certeza de qué va a oír. La curiosidad es otra inestable.  

                   

En el contexto de la música urbana, todo intento de producción musical se convierte en una funcionalización sistemática, instantáneamente. Es decir: cada vez todo suena más a lo mismo, porque así se demanda, porque así se hace demandar.

 

La intuición se ve demacrada, y con ella el carácter genuino intrínseco, el concepto romántico, el idealismo más rancio incluso (por qué no), como si ya de por sí el arte no se viese gravemente damnificado cualitativamente, con la reproducción masiva de los formatos en que se hace físico. Es decir, y parafraseando a Walter Benjamín, su reproductibilidad técnica cuantifica el producto pero le hace perder autenticidad. Pero esa pérdida no sólo la sufre el producto musical (llamémosle ya así, dejándonos de magnanimidades) en su proceso de mercantilización, sino en la interiorización de los artistas. Éstos tienen cada vez concepciones más similares de lo que es la obra de arte.

 

Procrastinación, automatismo creativo: son los grandes males que crea el arte unido al mercado. Intemperancia cataclísmica.

 

Pienso que no es tanto la simplificación, la pérdida de referentes u otras críticas apocalípticas de la Escuela de Franfort, sino, por ejemplo, esa necesidad vinculadora de mantener un hilo conductor en la obra. ¿POR QUÉ? Una cosa es el leitmotiv, y otra la repetición de lo que funcionó, como el payaso que repite el mismo chiste, o el escritor de novelas de terror que utiliza el mismo molde. Solo que el músico nunca tendrá un apoyo de la audiencia tan asegurado como payasos y escritores. El músico debe asumir el peligro del estilo, porque toda comodidad nos hace descuidarnos.

 

Si la fórmula creada tiene éxito (cuantitativa y cualitativamente), ¿por qué no probar otra distinta? ¿Por qué ser empalagoso en la obra musical? ¿Por qué no probar el agridulce?

Luc Lemay, vocalista y guitarrista de Gorguts: «music is a language. Everybody takes the model..uh? that is like everybody is speaking with the same words.. bah, boring... CREATE YOUR OWN LANGUAGE».

 

En definitiva... el Heavy Metal funciona bien como corriente artística. Tienen un gran capital cultural, vende y a la vez funciona subversivamente.

Pero también una estratificación complejísima, fruto del extenuante pluralismo del que goza como ninguna otra escuela de rock (los intelectuales más avispados como Arturo Pérez Reverte intentan en vano entender un 1% de su contenido), y la adaptación de éste a diferentes territorios, culturas, lenguajes, modos, modas, lecturas…

 

 

Texto relacionado: La Tragedia de la Cultura Epigonal: Alberto Benegas Linch

 

 

 

 

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